Moncloa ha filtrado a un puñado de medios y agencias que Zapatero no está planteándose una crisis de Gobierno, a pesar de todos los rumores que, desde hace meses, daban por buena la posibilidad de un cambio estratégico tras la presidencia de turno de la UE, que finaliza la semana que viene, de cara a afrontar la segunda parte de la legislatura con aires renovados.
No hay mejor forma de evitar una crisis de Gobierno que hablar de ella, como no hay mejor forma de blindar a un ministro que convertirle en el blanco de las críticas de la oposición. Sin embargo, parece inevitable que el presidente tendrá que acometer reformas de calado en su gabinete debido al tremendo desgaste que han supuesto en sus filas algunas medidas, tales como el recorte del sueldo de los funcionarios, la reforma laboral, la subida del IVA o el retoque de las pensiones, así como, ya en un plano más político, la imagen de debilidad, de improvisación y de continua rectificación que han transmitido.
La cuestión pues no sería si se va a acometer o no una crisis de Gobierno, sino cuándo. Si el final de la presidencia de turno de la UE, puede que el refreso de las vacaciones o la resaca de las elecciones catalanas y la huelga general de este otoño sean momentos más propicios de cara a afrontar mejor el largo invierno, en el que la economía se resentirá por la menor inversión (consecuencia directa de la subida del IVA, el mantenimiento del paro y la congelación salarial de los funcionarios) y del aumento del gasto público cuando las primeras víctimas de la crisis agoten su derecho a paro y comiencen a inquietarse.
Y puestos a especular, ¿qué cambios pueden darse? En caso de que se dieran, tres son los factores que lo condicionarán: la posible salida de algún ministro o ministra para encabezar la candidatura del partido en alguna Comunidad Autónoma o Ayuntamiento crítico en las elecciones del año que viene, la sustitución de aquellos miembros del Gobierno que mayor desgaste hayan sufrido (o que sencillamente hayan cumplido su cometido y cierren una etapa) y la puerta abierta a la eliminación de carteras que el propio presidente no descartó.
Los criterios en torno a los cuales debería moverse una reforma de Gobierno pivotan sobre la necesidad de dotar al gabinete de un mayor peso, pero no peso político entendido como nutrirse de gente del aparato fiel al Zapatero más presidencialista de todo su Gobierno, sino precisamente lo contrario: gente de experiencia que sepa quitarle peso al presidente, capitalizar el momento de la recuperación económica y reflotar al partido en las encuestas. Todo ello respetando la paridad y las cuotas autonómicas de las que se nutre el Gobierno y, de paso, dando un paso hacia la austeridad que todos los grupos reclaman al presidente en estos momentos de crisis.
Mezclando lo que se dice que puede pasar con lo que sería deseable, reduciría de diecisiete a trece las carteras, de tres a dos las vicepresidencias y cambiaría cuatro nombres. Aunque el Ejecutivo necesita una reforma de calado, ni las previsiones más arriesgadas se atreven a imaginar una operación estética de tal envergadura, pero puestos a imaginar…
Puestos a imaginar, dicen que De la Vega se va a ir, lo cual es una pérdida muy sensible; hay quien dice que mientras gobierne Zapatero ella seguirá, hay quien dice que apenas tiene relación con el presidente… pero su salida eliminaría una vicepresidencia que podría convertirse en una mera portavocía del Ejecutivo, puesto para el que encaja a la perfección una figura ascendente dentro del partido, aunque muy criticada, y mujer como De la Vega: se trata de Leire Pajín, fiel hasta la médula a un presidente falto de apoyos y valenciana como ella.
La cartera de Economía, y con ella la vicepresidencia segunda, también podría cambiar de manos según algunos, aunque en un momento como éste no sería recomendable cambiar de rumbo económico. En el caso de Chaves me atrevería a pronosticar que no se moverá por tres motivos: el PP le ha blindado con sus críticas, Zapatero necesita canalizar el recorte a través de las Autonomías y el presidente del partido no hubiera aceptado abandonar su feudo andaluz para ser vicepresidente menos de un año y medio.
Los otros recortes vendrían en Cultura, una cartera ‘fusionable’ con la de Educación (y con una ministra ampliamente criticada), y en las de Industria e Innovación, que podrían refundirse en la de Economía toda vez que lo del desarrollo sostenible y el impulso del I+D+I ha quedado en el cajón. Las carteras más criticadas, las de Vivienda e Igualdad, seguirán: dar marcha atrás supondría reconocer el error de haber creado ministerios demasiado concretos en tiempos de bonanza que no han conseguido grandes objetivos y que se vuelven prescindibles en momentos de crisis.
Los cambios de nombre podrían llegar en Exteriores, donde suena con fuerza Solana (aunque no tendría sentido modificar la política exterior del país a estas alturas), Vivienda (con una Corredor muy quemada) y Trabajo (con Corbacho cansado tras la eterna e infructuosa negociación de la reforma laboral). Como ministrables suenan los eurodiputados socialistas Juan Fernando López Aguilar y Ramón Jáuregui (que rellenaría la cuota vasca si Garmendia saliera del Ejecutivo) y ‘ascendibles’ Carme Chacón, que podría haber cumplido su etapa en Defensa, y Blanco, exitoso artífice de los recortes en Fomento. En el ‘debe’, una catalana para suplir a Corbacho, una madrileña para suplir a Corredor, ambas mujeres para mantener la paridad.
¿Irrealizable? Seguramente, pero puestos a elucubrar…
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