Es jodido escribir de cosas tristes cuando caen tan cerca. Esta mañana he estado en el velatorio de Fernando Rubio, redactor jefe de infografía de ABC durante las últimas dos décadas. De él os diría que era argentino, que era delgado, que era hincha de un equipo de allá que no viste de azul… pero no sólo era eso. Fernando era uno de esos tipos con los que compartir conversación implicaba una genial pelea, irónica y aguda, en la que siempre ganaba. Era un artista capaz de dar vida con lápices de colores. Era una persona entrañable y cercana con la que tuve la gran suerte de compartir algún que otro viaje.
La última vez que le vi fue hace unos meses, justo después de nuestro último viaje, en aquella ocasión a Filipinas. Vino con él Adriana, su mujer, que le vigilaba las salsas de la cena porque había vuelto, como otros, con el estómago hecho mierda del viaje. Platos, copas, risas, promesas de un asado que teníamos pendiente de años atrás… Y un último abrazo que jamás pensé que sería el último.
Recuerdo el día, poco después de aquella última vez, que mi mujer y yo compramos en la Feria del Libro de Madrid el último libro en el que había participado con sus dibujos. Hice una foto con el móvil de Marina sosteniendo su ejemplar de ‘Cuentos y leyendas de elfos y duendes‘ y se la mandamos. Recuerdo aquel vuelo hacia el sur de la Península y cómo se burlaba de mí por el aterrizaje. Recuerdo aquel frío en el norte en un teleférico imposible. Recuerdo cuánto le torturé años atrás cuando vivía un mal momento laboral. Recuerdo cómo bailaba con Marina cruzando el río Loboc…
Recuerdo cómo nos contó su juventud, la salida de su Argentina natal, sus años tan intensos en Italia, su llegada a España, todas esas y más batallitas en una noche de copas en la otra parte del mundo. Recuerdo cómo me ayudó al bucear en el Índico. Recuerdo cómo me engañó como a un imbécil cuando me apoyé en una escollera y se me irritó la espalda. Recuerdo su voz, su fina ironía, las arrugas de sus ojos, su sonrisa llena de dientes cuando se burlaba de mí tantas y tantas veces.
Aquí se deja mucha vida que vivir. Se deja a Adriana y su lección de entereza esta mañana. Se deja a sus dos hijas, que quieren ser dibujantes como él, y eso que apenas han empezado a vivir. Se deja ese maldito asado que -este año sí- íbamos a tomarnos en su casa cuando llegara la primavera. También nos dejamos esas lecciones de buceo en Xàvia, donde ahora quedarán sus cenizas para siempre.
Y no, esta no es uno de esos homenajes que se hace a alguien cuando muere por aquello de que la muerte nos hace a todos buenos. Esto es una forma como cualquier otra de despedir a un buen tipo, un colega, un amigo, con el que hubiera deseado pasar más tiempo. Para el resto de lo que quede tendré, al menos, una canción para recordarle y una doble página en ABC con él. ¿Mi mérito? Dejarle unas fotografías del viaje para que hiciera los dibujos e incluyera algún recurso. ¿El resultado? Una obra de arte, como tantas que hizo.
Espero, amigo, que lleves suelto para Caronte.
























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