Ya recomendé en su día la lectura del documento Emprendizajes en cultura, de Jaron Rowan, miembro de YProductions. Es evidente que el sistema económico del primer mundo ha virado el rumbo desde los pesados átomos hacia los gráciles y etéreos bits. Este giro no sólo tiene que ver con el consumo de “experiencias” como fuente de generación de riqueza sino que encierra la perversión de insuflar de economicismo la creación cultural. Hasta aquí nada nuevo que no sea constatable una y mil veces.
Jaron Rowan analiza en su documento cómo se emprende en el amplísimo panorama de la cultura actual. En general, el sector se atomiza y busca alternativas confusas. Mucha gente se mueve en torno a la creación individual y, a la vez, se sumerge en la remezcla. Los nodos creativos de la red cultural se perciben a sí mismos débiles la mayor parte del tiempo. Débiles por su escasa capacidad y deseo de negociar y de usar los estándares del mundo económico moderno.
Muchas ¿empresas? culturales sufren una esquizofrenia hiriente. Viven presas del hiperconsumo y gozan de la economía de la abundancia pero se sienten incómodas con su rol alternativo. La Administración intermedia de la misma forma que lo hacen las empresas patrocinadoras. El pequeño colectivo cultural no puede sino sumergirse en el calvario burocrático de “prepare usted este informe”, “rellene aquí esta casilla” y “firme aquí por duplicado”. Porque de ahí viene la pasta.
Y si esto es así, ¿qué salidas quedan? Vamos por partes, para ver si buscamos algunos clavos ardiendo a los que agarrarnos mientras tratamos de no quemarnos demasiado.
La primera cuestión es, ya sé que suena raro, aprender a jugar con las armas del sistema. Porque el sistema es todo, está omnipresente, no hay no-sistema. Lo alternativo es sistema. Así que hay que ver cómo se juega en campo contrario sin que la esquizofrenia nos conduzca al pabellón de cuidados paliativos. ¿Cómo se hace esto? Con inteligencia. No es tanto un reto de “management” sino de inteligencia, de lógica, de utilidad, de rapidez, de no perder el tiempo y preparar un sistema que se mueva ágil con lo que no aporta valor. Incluso, ¿por qué no?, colaborando con pequeñas asesorías, sacando fuera lo que no nos define. Es decir, “zapatero a tus zapatos”, pero sabiendo que hay que comprar material, pagar facturas e impuestos.
La segunda cuestión es mantener un permanente diálogo colectivo sobre el proyecto que se comparte. Sí, claro, desde mi punto de vista, cuanto más abierto, mejor. Insertar la cultura en la sociedad no es sólo el acto final, la exposición, la obra finalizada. Lo que acontece mientras se crea forma parte también del juego cultural. La extimidad del proceso creativo es una alternativa interesante, que abre muchas oportunidades no previstas. La cultura debe jugar con la serendipia e incrementar las probabilidades de que emerjan proyectos diferentes a los iniciales. Lo llamemos hibridación, mestizaje o multidisciplinariedad, el caso es que la cultura necesita jugar con lo diferente a partir de la identidad propia.
Cuando digo dialogar en abierto sobre el proyecto que se comparte me refiero a hacerlo con un cierto sentido discursivo, de avance en el tiempo, de reflexión siempre inacabada. Creo que la cultura tiene más capacidad de representar el movimiento que la industria. Puede jugar mejor con las metáforas y dotarse de un sentido de propósito más ilusionante y tractor. Quienes comparten un proyecto que crece deben discutir y generar conflicto; y deben hacerlo sin excluir a nadie. Pueden manejar un límite muy sencillo: cuando todas las personas del equipo no son ya capaces de discutir con el formato mismo tiempo/mismo lugar, entonces empieza a llegar el momento de romperlo en pedazos.
El equipo que está detrás de un proyecto cultural debe visualizar roles. Necesitan percibirse desde la individualidad pero con un mapa global. El equipo necesita diversidad -que puede llamarse también complementariedad- para que pueda gozar de buena salud. De la mezcla de diferencias al poder del consenso. Aprender a manejar esas diferencias es fundamental. ¿Cómo podemos visualizar el mapa de nuestras diferencias?, ¿cómo podemos representar el poder que emerge de las diferencias individuales?, ¿cómo cohesionar desde la diferencia?
Este ejercicio de visualizar la diferencia puede organizarse de forma simple. Cada persona puede escribir en un papel tres palabras que la definen, tres palabras que no la definen (por favor, que no sean simplemente antónimos de las anteriores) y tres palabras que concretan su aportación al proyecto colectivo. Luego comenzamos la danza de visualizar el resultado. ¿Dónde están las lagunas?, ¿dónde las redundancias?, ¿dónde los agujeros negros?, ¿dónde los miedos?, ¿dónde está el sol?, ¿dónde las nubes? Podemos jugar también con los sombreros de Edward de Bono e irlos usando de forma lineal para que el mapa explote en posibilidades.
Según la situación, conviene disponer de herramental para distintas operaciones. ¿Necesitamos sentido colectivo? Probemos a desarrollar las fuerzas centrípetas: uso compartido de recursos, etiquetación colectiva de contenidos, recompensas asociadas al equipo. ¿Necesitamos diversidad e innovación? Probemos con las fuerzas centrífugas: creación individual, colaboración con agentes externos, exploración en la periferia.
Así que el crecimiento de las organizaciones culturales genera conflicto de identidad. Pero también de operativa, de distribución de responsabilidades, de burocratización inevitable. Construir unos mínimos operativos es labor a veces ingrata porque la creatividad suele llevarse mal con la organización. Pero no queda sino recurrir a algunas pequeñas trampas para recorrer el camino. En ello estamos. Y, por supuesto, todo es más fácil cuando eres artesano.
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